La oratoria no es solo la capacidad de comunicar con destreza, sino un medio fantástico para relacionarnos con nuestro auditorio y dejar huella en él.

El destacado político estadounidense William J. Bryans decía que “Un orador es aquel que dice lo que piensa y siente lo que dice” y es justo esto lo que hará que conectemos con nuestros oyentes. Por eso, debemos no solo tener muy claro lo que vamos a contar, y lo que queremos conseguir con ello, sino estar convencidos de su valor y sentido.

Pero la coherencia en el mensaje, a pesar de fundamental, no es exclusiva para dar un buen discurso. La cercanía y confianza que generas mirando a los ojos o sonriendo y la naturalidad verbal y no verbal ayudarán a que el público centre su atención en la idea. Además, permitirá que la confianza en nosotros como comunicadores, y en nuestro mensaje, aumente.[tweetshare tweet=»La argumentación es lo principal» via=»no»]

Lo que nunca debemos olvidar

El método será nuestro mejor aliado tanto antes de hacer nuestra exposición como después. En la previa, esta herramienta nos ayudará a estructurar nuestras ideas y ponerlas en conjunto dando sentido al mensaje para conseguir nuestro objetivo: convencer, persuadir, conmover, emocionar, etc.

Más tarde, nos permitirá analizar si se han cumplido nuestras expectativas y hacer autocrítica para mejorar ciertos aspectos en futuras exposiciones. La oratoria es un arte que se aprende y desarrolla con la práctica. Hablar con el público una vez finalizada nuestra presentación también será importante porque nos podrá dar información añadida que no será de gran ayuda en futuras ponencias.

Un buen orador debe atreverse a cometer errores para poder aprender de ellos y progresar. Es por eso, que nuestro foco no debe estar en la forma en que expresamos las ideas, cómo nos movemos o gesticulamos, sino en la audiencia. Lo interesante de la comunicación es la capacidad de conectar con los demás y satisfacer sus necesidades, dudas o deseos. Si nos centramos en eso, y lo acompañamos de la debida sensibilidad y empatía, capacidad de ponernos en el lugar de alguien y comprender lo que siente o piensa, nuestra exposición será un éxito.

Las claves del buen orador

La principal es la buena argumentación. Una vez que tenemos una idea debemos estructurarla correctamente para poder expresarla de manera sencilla, directa, concisa y memorable. Aportar ejemplos, utilizar citas o emplear experiencias personales o profesionales permitirá que nuestro discurso sea más comprensible y cercano.

Asimismo, la naturalidad, de la que hablábamos, es fundamental. En primera instancia, el buen orador debe sentirse cómodo hablando, debe gustarle dirigirse al público y exponer sus ideas. Pero, sobre todo, debe ser creíble, comportarse de forma relajada y no interpretar. Cuando exponemos estamos delante de un público analítico que no pierde detalle de cada cosa que decimos o hacemos. Tratar de llegar a él por medio de la falsedad no nos valdrá más que para perder la oportunidad de interrelación.

Un buen orador debe sonreír y transmitir entusiasmo, la rigidez denota incomodidad y la contagia. Del mismo modo, debe acompañar su exposición con un movimiento corporal consciente. De nada vale que nos movamos sin ton ni son porque eso solo servirá para distraer a la audiencia. Y lo mismo ocurre con las manos, estas deben permanecer libres y ayudar a que la idea fluya. Las manos en los bolsillos denotan timidez y dejadez.

Mirar a los ojos, y a todo el auditorio, también es muy importante. La audiencia no solo quiere escuchar lo que dices, sino que tratas de conectar con ellos. Una mirada mantenida, aunque distribuida hacia todos los presentes, genera confianza y hace que los interlocutores estén más activos y predispuestos. Además, denota transparencia personal y del mensaje.

Interaccionar con el auditorio durante nuestra ponencia no solo enriquecerá la puesta en escena, sino que permitirá que no pierdan el foco de atención en la idea. Nuestra propuesta ganará valor de cara a unos oyentes acostumbrados a la pasividad de un discurso canónico eterno y sin intervenciones.

El tono en el que nos dirijamos a la audiencia y las pausas y silencios que usemos también es algo muy a tener en cuenta. Asimismo, debemos meditar nuestra apariencia y vestimenta porque podrá hacer ganar o perder credibilidad a lo que decimos.

Aprovechar nuestra sensibilidad para conectar con el auditorio, y transportarlo, ser creativo y potenciar un coloquio distendido ayudará a que nuestra exposición sea recordada.

La empatía también será una importante aliada en nuestras exposiciones orales. La capacidad de ponernos en el lugar del otro y actuar sobre sus necesidades permitirá que captemos toda su atención e interés.

La previa y posterior observación junto con la escucha activa, la habilidad para atender al emisor y comprender su mensaje, nos abrirá las puertas a una interrelación que es recomendable que sea mantenida, no solo durante, sino después de la exposición.

Por último, la cordialidad, mostrarte agradecido y educado con el auditorio, será el broche de oro para un buen ejercicio comunicativo que llegue al otro y permanezca en su memoria.

Recuerda que no se puede gustar a todo el mundo y que la oratoria es un arte que se desarrolla con la debida paciencia y práctica. Trata de aprovechar los comentarios constructivos y no olvides hacer autocrítica con el fin de mejorar. Es probable que el número de detractores que tengas sea proporcional a tu nivel de popularidad, pero no por ello debes venirte abajo. Un buen orador debe tener la capacidad de enfocarse hacia lo positivo y desoír críticas destructivas que solo generan negatividad.